PSICOLOGIA

La era de la comunicación digital y su reforzamiento tras el Covid-19
Tras la llegada de la pandemia, la sociedad comenzó a transitar nuevas formas de reorganización de sus actividades cotidianas. Así ocurre también con los nuevos modos de comunicación.
 
Por Angélica Venier
8 de mayo de 2023
Crédito: Gentileza.
 

Los seres humanos hemos atravesado a través de los años diferentes momentos históricos que han provocado cimbronazos respecto del vivir cotidiano. Así ocurrió también tras la experiencia de confinamiento debido a la pandemia de Covid- 19. Como en otros tiempos, este nuevo acontecimiento histórico, nos atañó de forma global, en que todos fuimos partícipes activos. Lo acontecido nos detuvo, nos alertó pero también nos movilizó y afectó desde lo emocional.

Modificamos nuestra rutina y nos replanteamos hábitos que antes –y hasta hace poco- realizábamos sin cuestionamientos. Nuestro funcionamiento habitual comenzó con un proceso de adaptación que la circunstancia ofrecía. Y, a su vez, como acción colateral, la pandemia permitió la oportunidad de poder fugarse momentáneamente de ese acople continuo que impone el sistema en el que la sociedad está inmersa.
La experiencia de confinamiento colectivo tuvo consecuencias en muchos ámbitos de nuestra vida. En la que confiere al presente artículo, las consecuencias respecto de la salud mental, hizo menoscabo en el vivir cotidiano y en la forma de sentir de las personas.

Primeramente se hizo presente la angustia frente la incertidumbre sobre aquella situación y lo que pudiese suceder. La vacilación apareció bruscamente. Nos advertía un anticipo revelador, un porvenir que comenzaba a acontecer, por lo que buscó la forma de poder ligarse hacia posibles respuestas.

El Covid-19 dejó sus marcas psíquicas: miedos, ansiedades, fobias, depresión y duelos sin resolver, son algunas de las problemáticas que en la actualidad se han incrementado. El posponer nuestra vida habitual, estar detenidos y el impacto que de ello devino, hizo que no solo se incrementaran las patologías antes mencionadas, sino también que gran parte de la población comenzara a replantearse acerca de sus vidas, su rutina, proyectos, sueños y objetivos. Y si bien el ser humano tiene capacidad de adaptación, también lo encontró enfrentado al surgimiento de pulsiones primitivas que antes estaban silenciadas.

El mundo contemporáneo ha funcionado siempre como inhibidor de las emociones más profundas y, de alguna manera, nos mantiene ocultos frente a ellas, disminuyendo así su caudal de energía. Pero, de forma eventual, el confinamiento y el distanciamiento social nos permitió descubrir quienes realmente somos. O al menos posibilitó el poder hacerse ciertas preguntas. Y, oportunamente, la fuerte carga afectiva que generó nos puso frente a frente con nosotros mismos.

La sociedad occidental se acostumbró a mostrarse como seres completos en una vorágine rutinaria por el arrastre de funcionar por y para el sistema. Como si fuésemos piezas de una maquinaria mayor, donde los sentimientos han sido vistos siempre como debilidad. La rutina nos ofrece muchas veces anestesiantes que ocultan estos sentimientos, para evitar confrontar con nosotros mismos y conectar con nuestros deseos más profundos.

Sin embargo, por el efecto pandémico, surgió con mayor fuerza la necesidad de muchas personas de encontrarse consigo, replantearse su existencia, a poner en duda sus modos de vida, sus vínculos, las decisiones y elecciones personales y la búsqueda de qué queremos. Esto se tradujo y puede observarse en el incremento de problemas de ansiedad y depresión, entre otras patologías psíquicas.

Por otro lado, el uso y despliegue de las herramientas virtuales se incrementó. La era de la comunicación digital se instaló con mayor peso. Y si bien, antes existía una crítica hacia la frialdad que generaban las nuevas tecnologías desde lo comunicacional, hoy montan su impronta y abrazan su defensa. En la actualidad puede verse un traspaso, que fue de la contingencia a lo paradójicamente necesario.

La era de la comunicación digital se ha instalado tanto para usuarios comunes, en trabajos que antes no las requerían, como para grandes empresas. Con la intercomunicación, los usuarios han visto el modo de poder estar conectados en todo momento, en diferentes partes y distancias. La virtualidad se ha alojado como nexo habitual para la comunicación entre familiares, amigos, compañeros de trabajo y para obtener información al instante. El acceso es ilimitado por la posibilidad de obtener respuestas a las diferentes necesidades de manera flexible, práctica e inmediata.

Paradójicamente, la tecnología, vista como herramienta de relaciones de desapego e indiferencia, fue durante pandemia la mano tendida frente al desasosiego que generaba el distanciamiento social. La utilización de dispositivos de comunicación fue el instrumento que permitió acercarse a otros, que acompañaba y sostenía. Un panorama que se presentó como la antítesis del mundo que, hasta hace poco, conocíamos y que ya no sería como el de antes. De esta forma, la tecnología comunicacional reforzó su uso y llegó para quedarse en nuestras vidas.

Ahora bien, también es cierto que, a pesar de contar con instrumentos que nos ayudan a estar más conectados, contradictoriamente se observa como el ser humano está cada vez más incomunicado. El uso desmedido de los aparatos tecnológicos funciona como medio para el aislamiento.
 
Hay una corriente en estos tiempos que se inclina mayormente hacia el individualismo. Y si bien tenemos todo el acceso posible con los dispositivos comunicacionales, muchas veces los vínculos llegan hasta los límites mismos de dichos aparatos. Hay un fuerte reforzamiento narcisista. Hoy, las personas han dejado de escucharse entre sí. Hay una apatía en las formas de relación.

El desafío será tomar consciencia de ello y buscar un equilibrio en el uso de las herramientas de comunicación, pero sin ponerlos como prioridad. Esto no quiere decir que haya que dejar de lado los avances tecnológicos, porque lo que emerge lo hace bajo las influencias del contexto socio-cultural.

Es bueno estar abiertos a la adaptación de las coyunturas de la época, pero sin perder el eje central acerca de su uso como mera herramienta, sin perdernos en ellos. Evitando así que sea un implemento adictivo.