PSICOLOGIA

Medicalizar las experiencias emocionales como si fuesen enfermedades
Las emociones comunes de la experiencia humana, terminan siendo rápidamente interpretadas como patológicas. Ya no solo está presente en la salud mental, sino también en la medicina general.
 
Por Angélica Venier
11 de julio de 2025
Gentileza.
 

Actualmente, en el ámbito de la salud mental y en sintonía con los tiempos que caracterizan a nuestra época, se observa un fenómeno en el cual las emociones comunes -como la tristeza, la ansiedad, la molestia o la incomodidad- propias de la experiencia humana, terminan siendo rápidamente interpretadas como patológicas.

Si bien en ciertos casos medicar es necesario, en los últimos tiempos, ha aumentado tanto el malestar psíquico como potenciales diagnósticos de trastornos mentales. Además, han aparecido nuevas categorías que agrupan sintomatologías que no siempre deberían ser consideradas como tales. Esto plantea el clásico dilema: ¿qué es primero, el huevo o la gallina?

Un claro ejemplo de esta tendencia es el caso del dolor menstrual. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), existe un apartado que lo clasifica como “trastorno disfórico premenstrual”. Esta etiqueta plantea una pregunta inquietante: ¿es lícito considerar patológico algo que, en muchos casos, podría ser simplemente una expresión humana frente a tensiones vitales o condiciones del entorno de la vida individual? No todo sufrimiento debe medicalizarse.

Lejos está de demonizar a los psicofármacos o menospreciar las prácticas psiquiátricas, sino de cuestionar su uso excesivo o inapropiado en contextos clínicos o interdisciplinarios. No debe desestimarse la posibilidad de habitar y reinterpretar nuestras emociones. Callar el dolor con fármacos, sin darle el espacio de comprenderlo previamente, es un riesgo ético y social que merece una reflexión profunda.

Todo esto ocurre porque no es posible escapar a las subjetividades de la época. Lo que observamos como exceso de diagnósticos o medicalización del malestar no es un fenómeno aislado, sino la expresión sintomática de un tiempo marcado por la velocidad, la inmediatez y la exigencia constante. En una generación que apenas deja espacio para detenerse, cualquier señal que invite a una pausa es rápidamente vista como un obstáculo a eliminar.

En este contexto, los psicofármacos aparecen como una solución rápida, casi una “cura milagrosa”, y es allí donde también la industria farmacéutica interviene, haciendo uso -y a la vez beneficiándose- de una necesidad que, en muchos casos, ella misma contribuye a construir, amparada bajo discursos de salud y sociales. Esa necesidad se transforma en negocio.

“Necesito que seas productivo, entonces te otorgo la solución exprés para que no te detengas”. Parece ser el mensaje implícito, con el objetivo de devolver al individuo a su rutina cotidiana lo antes posible permitiendo continuar con sus obligaciones como si nada ocurriera. La pausa se vuelve improductiva, y lo urgente reemplaza a lo importante: escuchar(se), atender(se) y los tiempos lógicos que deviene de ello.

Por su parte, el profesional de la salud mental puede prescribir un medicamento amparado en el criterio diagnóstico. Si un manual con su respectivo aval así lo estipula, entonces se establece la habilitación a tal fin. Dicha tendencia no solo está presente en la salud mental, sino también en la práctica médica general, donde con frecuencia se recetan psicofármacos como benzodiacepinas o antidepresivos (muy utilizados últimamente) casi como si fueran analgésicos, ante el primer signo de molestia emocional.

Pero no se ha visto así una reducción significativa del sufrimiento humano. Más bien lo contrario: aplomo emocional, estado artificial, aumento y dependencia a estos medicamentos.

Permitirse sentirse mal ante ciertas circunstancias de la vida es legítimo y no debería verse como una debilidad. Es un derecho. Aunque el presente actual no lo reconozca del todo, es esencial entender que la salud mental importa, incluso si no siempre es visible y las exigencias cotidianas digan lo contrario.

Un síntoma es una forma en que la persona lidia con un conflicto profundo, generalmente ligado a experiencias pasadas no resueltas. Con el tiempo o ante ciertos detonantes, esos conflictos reaparecen camuflados generando malestar.

Cada persona necesita tiempo y espacio para nombrar lo que la aqueja. La razón por la que alguien busca terapia rara vez es el problema real. Un paciente no puede reducirse tan solo a términos como “depresión” o “ansiedad”. Estos son síntomas, que afectan la vida diaria, pero no siempre es la causa verdadera.

Y aquí, el rol del profesional de la salud mental es clave. Debe acompañar y sostener, sabiendo que su práctica convive con los requerimientos de la época. Apelando a la ética, al pensamiento crítico y al cuidado de la misma.

Los manuales diagnósticos, aunque útiles, responden también a intereses sociales y empresariales. Por eso, hay que mirar más allá y recordar que detrás de cada valoración hay una persona con una historia única, vínculos y experiencias que merecen ser escuchadas. Ello evita no caer, sin querer, en etiquetas diagnósticas y tratamientos imprecisos.

Respecto al uso de psicofármacos, este artículo no plantea su rechazo. Por el contrario, reconoce que pueden cumplir un rol valioso como complemento terapéutico, actuando como coadyuvantes en tratamientos específicos. Ergo, es vital diferenciar su uso legítimo de aquel que, sin cuestionamiento, refuerza una lógica social que prioriza la productividad, que tiende a psiquiatrizar esa demanda y, por consiguiente, a medicalizar y patologizar de forma simplista el malestar emocional. No todo es un trastorno.

Por tanto, en cuanto a las psicoterapias, estas deben habilitar primeramente el espacio para la escucha y el acompañamiento, más allá del síntoma y el diagnóstico. Su objetivo es abordar la problemática desde la raíz, dotando al paciente de recursos y herramientas para elaborar y enfrentar el conflicto que produce ese malestar. Y el psicoterapeuta acompaña escuchando la historia completa, sin atarse a etiquetas.

La terapia no es “de la ansiedad” o “de la depresión”, sino del conflicto que las genera. Permite alojar, escuchar y resignificar el síntoma. Ya lo decía Freud: “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”.