PSICOLOGIA

Cómo afrontar los balances personales de fin de año: la opinión de una profesional
El cierre de año genera tensión por la presión de balances personales y laborales, sumando estrés a las exigencias culturales. La importancia de un ejercicio introspectivo, equilibrado y elaborado. Se trata de reconocer aquello que sí depende de nosotros.
 
Por Angélica Venier
31 de diciembre de 2025
Imagen ilustrativa.
 

Hacer balances de fin de año es una práctica habitual que muchas personas repiten casi automáticamente. Sin embargo, también es una de las causas más frecuentes de estrés emocional durante diciembre. A las exigencias habituales de esta época —cierres laborales y compromisos sociales— se suma un punto de inflexión que nos invita a mirar hacia atrás y hacia adelante

Con la finalización de cada año deviene una sucesión de encuentros y celebraciones. Compromisos que se imponen desde lo cultural, casi como una obligación, disfrazada de disfrute. Paradójicamente, esa exigencia aparece cuando el cuerpo arrastra el cansancio de todo un año transcurrido. Se llega con lo que queda de la “reserva del tanque de combustible”.

A su vez, existe ese dejo de evaluación interna sobre lo realizado en todo este tiempo. Se nos invita a mirar hacia atrás y hacer cuentas. La cultura pide síntesis y evaluación, pero no toda mirada en retrospectiva es un ejercicio saludable. Suele ser injusta y sesgada.

Mientras la euforia por las celebraciones se expande visiblemente dentro del espectro social, las sensaciones de angustia, malestar o incomodidad, muchas veces quedan relegadas. Están opacadas, silenciadas y obturadas por la presión de la época, donde el imperativo subscribe a “estar bien”, “perdonar las diferencias” ,“ser agradecido”, porque ahora solo es momento de celebrar.

El primer punto de bifurcación aparece cuando el inventario anual se realiza a partir de normas externas. Incluso cuando, por dentro, algo no termina de acomodarse o internamente no habita la seguridad y bienestar que el discurso social supone. Son épocas con una carga emocional, donde el “finjamos demencia” se impone con un costo alto. En ese contexto, los balances de año pueden volverse despiadados.

Cuando buscamos respuestas a preguntas tales como: ¿qué debería haber logrado a esta altura? o ¿qué tendría que haber hecho distinto?, nuestra reflexión e introspección personal se convierte en un juicio cruel. Es ahí, cuando conviene detenerse. Hacer una pausa. Lo que se reprime no desaparece.

Vivimos en un tiempo que demanda inmediatez y resolución constante. Por eso es importante ser cuidadoso con uno mismo para que el foco no recaiga solo en aquellos objetivos, desafíos o metas que se propusieron y no salieron.

Al 31 de diciembre se le suma otra trampa: el punto simbólico que los mandatos sociales nos determinaron como límite para realizar un balance o una evaluación anual. Los 365 días del año, son eso: 365 días, ni más, ni menos. No constituyen una unidad psíquica. Confundir el corte temporal con un cierre subjetivo es sentencioso. Porque el inconsciente no entiende de tiempos, ni de finales o inicios impostados.

Forzar un resultado puede ser violento, justamente porque el éxito o el fracaso es subjetivo a la experiencia de cada persona, y eventualmente no se repara en ese matiz. Todo se mide en términos generalistas.

El balance de año desconoce una cuestión fundamental: la vida no se desarrolla en condiciones controladas, por el contrario, está sujeta a las contingencias que escapan al propio dominio. La fantasía de tenerlo todo bajo control, es signo de omnipotencia. Existe un mundo, un contexto, que no depende totalmente del individuo. Pretender evaluar el propio recorrido sin considerar estos determinantes, solo fomenta la culpa y el autojuzgamiento, incluso de aquello que no depende de sí.

Por lo tanto, es necesaria una mirada compasiva en sí mismo, con honestidad y criterio propio. Porque los pies que están en los zapatos son los únicos que los calzan. Y cada uno sabe más que ninguno cuán árido o amigable ha sido el camino.

Ahora bien, para ser justos, la compasión no pude hacer que el balance se diluya en mera justificación. Se trata de que el ejercicio introspectivo sea equilibrado y elaborado. Cuando todo se relativiza y nada se asume, tampoco es sano. Se trata de reconocer aquello que sí depende de nosotros, con el fin de generar elaboración y no castigo.

Implica asumir la responsabilidad subjetiva sin transformarla en una identidad culpable; lo que se hizo o no se hizo, puede ser pensado, revisado y, en la medida de lo posible, reparado. Ese podría ser el acto más honesto, sin comparaciones, ni imposiciones externas. Tal vez no sea preguntarse cuánto se consiguió, cuánto se logró, sino cómo se transitó. Tenemos lo que tenemos, nos falta lo que nos falta.

Cambiar la perspectiva sobre el trayecto recorrido implica aceptar que la idea de plenitud no es una condición humana. Es ilusoria. Desde el psicoanálisis, lo que constituye al sujeto es precisamente la falta. Es a partir de ella, donde se pone en marcha el deseo, y este es lo que motoriza la existencia. Mientras haya deseo, aunque sea confuso o contradictorio, y aunque no sepamos nombrarlo con claridad, algo del sentido (del por qué y el para qué estamos acá), se sostiene.

Al hacer un balance, y para que este no resulte perjudicial a nuestro bienestar psíquico, conviene poner puntos de luz en cómo nos contamos el año: sin autoengaños, ni crueldad. La clave está en reconocer nuestras emociones con equilibrio, atendiendo a lo que valoramos y siendo afables con nuestras circunstancias.

Porque al final de cuentas, lo que ha sido, ya fue. Quizás el mejor cierre de año no se trate de saldar cuentas, sino de resignificar el recorrido. Y de poder seguir habilitando la posibilidad, el proceso y la búsqueda del propio deseo.