PSICOLOGIA

San Valentín: vínculos frágiles y malestar contemporáneo
En una cultura que privilegia el control, y la ilusión de autonomía, el amor y el lazo con el otro aparecen como experiencias cada vez más frágiles. Una lectura psicológica del malestar contemporáneo en torno a los vínculos, la virtualidad y la dificultad de sostener el encuentro.
 
Por Angélica Venier
14 de febrero de 2026
Imagen ilustrativa.
 

En términos generales, San Valentín hoy celebra un ideal de amor que escasamente concuerda con lo que los tiempos actuales proponen. Aun así, sigue dando batalla.

Ya lo decía Sigmund Freud: “Quienes aman deben renunciar a una parte de su narcisismo”. Mientras la cultura moderna promueve el modelo individual, reforzando la idea de un Yo por encima de todo; el amor, por su parte, opera desde la vivencia y la experiencia compartida, con todo su vértigo y humanidad.

Cuando una persona busca estar a la altura de un modelo rígido impostado, sin reparar en lo que necesita para sí, corre el riesgo de perderse. En esa idea de autonomía el yo puede volverse productivo, pero despojado de vivencia propia y con escaso margen para el deseo.

Actualmente se transita una época que propone alcanzar lo abstracto como ideal utópico, relegando así la conexión real. El imperativo es claro: la fantasía importa más que la experiencia; los lazos se vuelven prescindibles frente a una idiosincrasia propia que justifica tal fin. Se privilegia la misión, y el objetivo individual por encima del encuentro interpersonal. Paradójicamente, de a poco, y de manera soslayada, este fenómeno comienza a leerse como un rasgo actual del malestar cultural.

La promesa de plenitud que ofrece la autosuficiencia, lejos de aliviar al sujeto, lo ha confrontado con una exigencia constante de control y desconexión. Confundir los propios deseos con las demandas sociales (ideales ajenos asumidos como propios) produce una subjetividad tensionada, ansiosa, frágil y atravesada por una persistente sensación de vacío.

Esta problemática se vuelve especialmente visible en la manera de que las generaciones actuales se relacionan. Cada vez es más frecuente escuchar sobre la dificultad para establecer vínculos reales y sostenidos en el tiempo. Por un lado, aparece una modalidad defensiva: el temor a salir dañados de una relación genera reticencia a mostrar los sentimientos, como si implicarse afectivamente fuese un riesgo que conviene minimizar.

Por otro lado, el avance de la virtualidad, y los vínculos cada vez más digitales y artificiales, han erosionado lo propiamente humano del encuentro. Se pierden formas, códigos y la incomodidad que implica relacionarse con un otro real, distinto e imprevisible. Se prioriza una autosuficiencia defensiva que profundiza la desconexión.

Modalidades recientes como el ghosting (desaparecer sin dar explicaciones) o el breadcrumbing (mostrar interés mínimo o intermitente), han debilitado la intención de construir relaciones sanas, responsables y valiosas. Como así lo expresan, con un dejo de queja: “la vara está baja”.

En consecuencia, se configura un circuito vicioso por miedo al rechazo y se refuerza una individualidad que la propia sociedad promueve. El precio de mostrarse auténticos parece demasiado alto, y entonces la retirada se presenta como forma de protección. Mejor tenerse solo a sí mismo, no apostar por nadie y no exponerse. Pero, a su vez, muchos reniegan en silencio por el anhelo de amar y ser amados, en un panorama actual con señales cada vez más confusas.

En estos términos, ¿qué lugar queda entonces para el lazo, para el amor? ¿Qué tipo de humanidad se construye cuando el resguardo narcisista reemplaza al encuentro con el otro?

La ansiedad contemporánea no surge tanto del caos, sino del exceso de control subjetivo: de la creencia de que no requerimos de nadie, de la distancia creciente entre las personas, de la imposibilidad de mostrarnos vulnerables y de la idea de que necesitar al otro es una debilidad. Sin embargo, no hay abstracción que garantice sentido ni asegure nada. Asumir esa falta de garantía no es una condena, sino, una vía hacia la libertad.

El narcisismo, lejos de fortalecer al sujeto, termina por volverlo más frágil: cuando el valor propio depende exclusivamente de un aislamiento defensivo camuflado de autosuficiencia, cualquier fisura se percibe como amenaza.

Relacionarse con otro es justamente lo contrario de esa retirada. Requiere inversión libidinal, apertura al riesgo y disposición a ofrecer lo propio: implica exponerse, vincularse y sostenerse mutuamente, y aceptar la fragilidad inherente frente al encuentro.

El amor desafía la cultura de la autosuficiencia y la ilusión de control. Ser artífice de la propia vida implica aceptar que la imperfección y la necesidad de compartirla no restan su valor; al contrario, enriquecen, consolidan y potencian. Permitirse ser vulnerables y apoyarse en otros, del mismo modo que otros pueden apoyarse en uno, allana el camino hacia lo esencial: cómo realmente queremos estar, más allá de los ideales que intentamos encarnar.

El amor es una apuesta, pero también una vía para seguir construyendo humanidad. En tiempos que empujan en sentido contrario, quizá San Valentín sirva para recordar que vale la pena intentarlo.